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Cepeda de la Mora cuenta con un importante arraigo histórico en su cultura y sus tradiciones que ha ido configurando el carácter castellano del pueblo. Múltiples rincones y facetas de la vida cotidiana han enriquecido, y enriquecen, la vida y las gentes de Cepeda.
Arquitectura Tradicional [modif. may2008] En 1752 en Cepeda de la Mora el 20% de las casas eran pajizas y las únicas fabricadas con granito autóctono y tejas (empiezan a ser frecuentes los tejares como industrias de aldea) son las de los ganaderos y agricultores acomodados, el resto eran de fábrica de tapial o adobe, con escasa ventilación y pobre mobiliario. En la construcción de las casas típicas cepedanas y su estructura han influido muchos factores, la climatología, la actividad económica principal y la geología de la zona. Actualmente las viviendas tradicionales son de piedra de granito, para su construcción emplearon las piedras de los lanchares de los alrededores, que eran traídas hasta el pueblo en carretones movidos por yuntas, más bajos que los carros y con las ruedas más pequeñas, también se utilizaban para su traslado las narrias, troncos de árbol en forma de V. Suelen tener las casas 3 vigas graníticas que hacen de dintel a la puerta de entrada. La zona norte de la vivienda tenía una zona semi enterrada para resguardarse del frío. Antes de la llegada del agua a las casas, que se produjo en el año 1972 (la inauguración oficial fue en el verano del 73) , prácticamente todas las casas tenían un pozo que abastecía las necesidades de las viviendas. Posteriormente se fueron quitando, ante su falta de uso, por seguridad para los más pequeños.
En el interior de las viviendas, la planta baja tenía el suelo de lanchas de granito; a la entrada, el portal con bancos y un vasar servía de recibidor. La altura interior de las viviendas no era muy elevada, la población de aquella época no tenía mucha altura, y además, esto ayudaba a conservar el calor. Pero la pieza fundamental de la casa era la cocina, en torno a la gran chimenea, alta y que ocupaba prácticamente la mitad de la misma, siempre cargada con piornos y sobre la que solía colgar algún caldero lleno de remolacha cociendo para dar de comer a los guarros. Y algún que otro puchero calentando agua. Otra de las piezas clave de la casa era la panera, lugar en el que se almacenaba el grano con el que se alimentaba a las gallinas, etc. Ese era el motivo de que casi todas las casas tuvieran un gato y las puertas estuvieran horadadas con gateras. Las pilas de fregar de las cocinas eran de piedra granítica y tenían en la pared una abertura que servía de desagüe a las regaderas que bajan de la sierra el agua en verano para los campos. También había cocinas de hierro forjado, que se alimentaban también de leña.
Las ventanas, por el clima de la zona solían hacerse muy pequeñas, para evitar la mínima pérdida de calor, aunque se agrandaban hacia el interior para conseguir captar más luz. Los muros de piedra eran muy anchos (entre 90 cm y 1m). Las alcobas, normalmente sin ventana, tapadas por una cortina, en las que se situaban las camas, daban a una sala más amplia e iluminada. La segunda planta de las viviendas tenía suelo de madera y por encima estaba el doblao, en el que se guardaban los trastos viejos.
Recorrido por las fiestas y tradiciones[volver arriba] A principios de los años sesenta, Cepeda sobrepasaba los 400 vecinos. La vida en el pueblo transcurría lentamente, en un devenir apenas perceptible, marcado por pequeños acontecimientos que sembraban el calendario anual y quebraban sin sobresaltos la apacible monotonía de un pueblo, como tantos otros municipios de Castilla, avocado a la despoblación y al abandono.
El curso escolar se iniciaba ya con el otoño en puertas, ese otoño prematuro que comienza a dorar las copas de los chopos desde finales de agosto. Las escuelas representaban un punto neurálgico del la Villa, junto con la Plaza, la Iglesia, el Centro y las Cuatro Esquinas. En aquellos años, el vetusto edificio de piedra de Las Escuelas, ejemplo de la espléndida arquitectura civil cepedana, labrada en el mejor granito abulense a principios del siglo XX por arquitectos portugueses, albergaba por separado en sus dos aulas al medio centenar de niños y niñas del pueblo menores de doce años. Poco tiempo después, ya en los setenta y como preludio del continuo e inexorable goteo a la emigración, los muchachos y muchachas fuimos reagrupados en un mismo aula. Por último, a finales de los setenta la escuela se cerró definitivamente. Una parte de la vida rural murió con ella. El alborozo infantil a la hora del recreo se perdió para siempre. La primera hoja de nuestro almanaque de tradiciones aparece remarcada en octubre con la elaboración de “las puches” que consistía en degustar en familia una masa cocinada a base de harina, leche y azúcar, como colofón a las tareas de recolección de las patatas, alimento básico en la gastronomía cepedana. La recogida de patatas se compaginaba en otoño con el acopio de leña para calentar el invierno. Los hombres del pueblo “rozaban” los piornos de los cerros y los trasladaban en el carro hasta los corrales, donde los apilaban en los rimeros que cubrían los tenaos. La apacible monotonía rural a la que se que hace alusión anteriormente se alteraba en la festividad de Los Santos. No sólo se honraba a los muertos con visitas al cementerio como hoy se sigue haciendo. Además, aquellos cuatro días en los que ya de dejaban ver las primeras nieves, Cepeda se reencontraba y se sacudía de la rutina en torno al calbote y el chocolate con pan frito. Cabe recordar aquí una tradición que los jóvenes practicaban en aquellos días de noviembre, consistente en perseguir a los niños con improvisadas máscaras fabricadas con calabazas huecas iluminadas por una vela. En Cepeda se celebraba el día de las ánimas, y los chavales corríamos despavoridos hacia nuestras casas “perseguidos” por una de esas almas vivientes en que se convertían los mozos del pueblo. .... [continúa] si quieres leer el texto entero pincha aquí.
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Labores del Campo [volver arriba] Las tareas en el campo variaban dependiendo de la época del año, el invierno era bastante tranquilo al refugio de las inclemencias del tiempo y al calor de la lumbre, con la mayoría de la cabaña de ganado en las dehesas de Extremadura, únicamente era necesario atender las vacas y ovejas que quedaban. En las casillas, se ordeñaba muy temprano, se sacaban las “moñigas” al muladar, se repartía paja limpia por el suelo y heno en los pesebres, también se daban bolas de sal a las vacas como complemento de sodio. De vez en cuando había que suministrar medicación a alguna, ayudarla a parir o criar algún choto huerfano. Se echaba de comer después al resto de animales: las gallinas, los guarros …Para “la Pura” toda la familia intervenía en la matanza del marrano para llenar la despensa. Muy importante era también cortar la leña de los piornos acumulados en el rimero para tener siempre la lumbre encendida. En primavera, durante los meses de marzo y abril se le daba la primera labor a la tierra que había permanecido barbecho, posteriormente en junio se dejaba ya lista para la siembra y se arreglaban las regaderas para que el agua siguiera su curso por los huertos y los prados. El día 2 de mayo, era y continúa siendo el día en que se llevan las vacas a las dehesas. A partir de ese día, cuando no existía el vallado de alhambre, se turnaban para ir de vaqueros. Las patatas también solían sembrarse a primeros de mayo, al igual que las hortalizas, pero incluso sembrándolas en esta fecha, que parece bastante avanzada, siempre ha existido el riesgo de las temidas heladas. Señalado era en el calendario el 15 de mayo, día del patrón de los labradores, en que se le sacaba en procesión por los campos para que el año fuera lluvioso y proporcionara alimento a personas y animales. El verano era la época de regar los huertos y recoger los frutos. A finales de junio, se traía el ganado trashumante de Extremadura y después se comenzaba con la siega del heno, se acordonaba, se recogía y se llevaba en los carros a las casillas, o se hacía la ameal, posteriormente con la mecanización el mismo proceso se hacía después de empacado el heno. Cuando se acababa con el heno se comenzaba a segar el trigo y el centeno, que hecho gavillas se amontonaba en la era en hacinas, se extendía en parvas, se trillaba, se volvía a amontonar, se aventaba, se recogía en sacos, parte se llevaba al molino para hacerlo harina y se amontonaba en las paneras de las casas para el consumo del ganado, el trueque o la fábrica del pan. Sin darse cuenta prácticamente llegaba el otoño, y comenzaban a acumular la leña en los rimeros de las casas para poder acometer el invierno, los rozaban en el campo y los trasladaban en los carros a los corrales. Nuestro refranero hace referencia a las labores de la siembra en las siguientes citas: Por septiembre quien tiene trigo que siembre; en septiembre el que quiera comer pan que siembre; lluvia de septiembre es buena para las viñas y mejor para las siembras; si quieres tener buenas sementeras por San Mateo (21de septiembre) haz las primeras. También, antes de que acometieran los rigores invernales, se bajaba el ganado, a pie, al abrigo de las dehesas extremeñas. En ocasiones extraordinarias también se realizaban trabajos en común como: apagar algún incendio, dar batidas a los lobos que acosaban al ganado, alguna vez para buscar animales perdidos y raramente para buscar personas.
Ha sido desde los comienzos la actividad económica principal de Cepeda de la Mora y pasados los siglos, continúa siéndolo. Según la hipótesis que barajan los historiadores influyó definitivamente en la formación del núcleo urbano en esta zona. [link con info ampliada] La vegetación de pastizal propiciada por la climatología formó una gran dehesa, y los primeros asentamientos humanos surgieron como necesidad de proteger esta fuente de riqueza, perteneciente en ese momento al señor feudal de Villatoro, de los ganados trashumantes que tenían su paso por las proximidades. Según el Catastro de Ensenada, a mediados del siglo XVIII tenía nuestro pueblo 345 Ha. de pastos, y la cabaña ganadera estaba compuesta por 1.273 ovejas, de las que 1100 eran trashumantes, 277 vacas, 137 cabras y 61 cerdos. Por tanto, la ganadería de esta zona en los comienzos era fundamentalmente de ganado ovino y trashumante, que partía de las montañas de origen, viajaba hacia el sur, por la Cañada Leonesa Occidental [link con info ampliada], para pasar el invierno a los llamados “invernaderos”, y retornaba hacia el Norte, después del esquileo, en el mes de junio, para pasar el verano, en las montañas, denominadas “agostaderos”. Pero los rebaños que practicaban la trashumancia eran aquellos que por su importancia en número permitían a sus dueños el traslado, el resto de ovejas se reunían en majadas y eran vigiladas por el dueño, o alguno de sus hijos, que hacía de pastor; y un mastín, al que se ponía un collar con puntas, denominado carlanca, para mejor defenderse de los temidos lobos que poblaban la Serrota, ya que el ganado estaba continuamente expuesto a sus ataques, y al “descuido o sin cuidao”, como solía decirse, siempre encontraba alguna presa desprevenida. Al anochecer se llevaba la cena al pastor y al perro, en las casas que había 5 ó 6, porque el atajo de ovejas era grande, los alimentaban con media libra de torta de chicharros. Las tortas de chicharros, eran residuos de los mataderos de Madrid, de unos 100 kg de peso, y viajaban en el coche de línea. Era habitual que los pastores durmieran por la noche en la red, sobre un colchón de paja, protegidos por una mampara o un chozo de paja las casas más pudientes, ésta iba cambiando de lugar cada 2 ó 3 días, ya que era aprovechado para ir estercolando los terrenos, el transporte del chozo se hacía arrastrado por las yuntas. En el verano venían esquiladores de otros pueblos y se vendía la lana a los laneros de Bejar, para pesarla la llenaban en sacos y se valían de una romana enganchada a un trípode. Algunas ovejas daban hasta 2 kg. de lana, en la actualidad 2008 esquilar una oveja puede rondar los 3 €, por lo que este proceso resultaría deficitario. En el mes de junio se morecían o tomaban las ovejas, para ello mantenían apartado al carnero el resto del año, y si esto no era posible por falta de espacio, le enmandilaban con un mandil de cuero para impedir la monta. Nacía el cordero en octubre o noviembre y cumplidos los 7-8 meses se quitaban, viniendo los compradores de la comarca a comprarlos. Las ovejas eran guiadas por un carnero castrado al que se dejaba sin esquilar una borla en “la cruz” o “las agujas” y se le ponía un campanillo grande sujeto por unas correas cruzadas por debajo de los cuernos, a algunas ovejas se les ponían también cencerras. En los años 40, en la posguerra, 3 familias en el pueblo eran ganaderos fuertes, el resto, tenían por término medio un rebaño de 30-50 ovejas; 3 ó 4 vacas avileñas para la crianza; la yunta domada para el trabajo; un par de cerdos para la matanza, que les suministraría el alimento en el invierno; 3 ó 4 cabras y alguna mixta para que no faltaran la leche ni el queso; y un burro o alguna yegua con los que se llevaba la comida al campo, se iba a regar, etc. Existían dos oficios ya desaparecidos, el de cabrero y el de porquero. El cabrero recogía por la mañana las cabras y las llevaba al campo, a la vuelta cada propietario iba a ordeñar la suya, en verano, al corral común en el que se recogían, y en invierno a la casilla propia. Tenía por costumbre comer en cada casa del pueblo un día, dependiendo del número de cabras que atendía. El porquero “daba a guarros” por la mañana, haciendo sonar un cuerno, que indicaba a los dueños que debían llevarlos al punto de partida “las eras de los guarros”, pasaba todo el día en el campo cuidándolos y por las tardes los traía y cada dueño recogía el suyo. Por San Antón, patrono de los animales, se celebraba una misa y cada familia daba algo de la matanza para celebrar una subasta a la puerta de la iglesia: una oreja de cerdo, un pie, un trozo de ántima, un chorizo… Las vacas se guardaban en las casillas, atadas al pesebre, y se les suministraba alimento por la noche y de madrugada, iluminándose de un farol. Las suizas se ordeñaban también en ese horario, primero manualmente, después en los años 70 comenzaron a utilizarse ordeñadoras eléctricas, ya que en esta década empezó a comercializarse la leche a través de la empresa CLESA y los vecinos empezaron a tener suizas en mayor proporción en algunas casas llegaron a tener 10. La leche se llevaba en cubos o en cántaras a la puerta del Comercio por la mañana temprano, allí se reunían mientras esperaban a ponerse al día de las últimas noticias acaecidas, como la hora a la que se habían “recogido” los mozos la noche anterior. Cuando venía el camión cisterna “el de la leche” realizaba controles aleatorios con un líquido de contraste para evaluar su calidad, apuntaba los litros que llevaba cada uno y al mes traía el talón con el importe correspondiente, en esa época el dinero de la leche fue un aporte importante a la economía familiar, pero no duró mucho la bonanza, puesto que la entrada de España en la CEE y la aplicación de la Política Agraria Común no era compatible con estas pequeñas explotaciones familiares sin optimizar, no eran viables, en muy poco tiempo tuvieron que venderlas. El sonido de los cencerros al atardecer, en el que volvían del campo, por las calles del pueblo, para ser ordeñadas en las casillas, dejó de escucharse; también el entretenimiento de los más pequeños que acudían a observar la ceremonia de la extracción de la leche; y dejaron de existir las colas, lechera en mano, esperando para comprarla recién salida, todavía caliente. En todas las casillas y cuadras había un bote de zotal, que era como el bálsamo de Fierabrás, un curalotodo. Tenía un color azulado y un olor muy fuerte y repelente. Se utilizaba aplicándolo sobre las heridas de los animales para evitar que moscas y otros insectos se cebasen sobre las heridas que estos tenían, actuando como poderoso desinfectante. Se aplicaba cuando se ponían las herraduras a las vacas o las caballerías y se clavaba en la carne, en las mataduras de los burros, en los cortes que se hacían a las ovejas en el esquileo, … Cuando se necesitaba vender el ganado lo normal era acudir a una de las numerosas ferias que se celebraban por entonces en la provincia, las había en Burgohondo, Piedrahita…, incluso cuentan de haberse celebrado alguna en las eras del pueblo; pero las más frecuentadas por los ganaderos cepedanos eran la Feria de Ávila de los viernes, la Feria Grande de Navarredonda de Gredos, que se celebra el día siguiente a Santiago, 26 de julio, la Feria Chica también de Navarredonda, que se celebra el 16 de septiembre (hubo unos años que adquirió mayor importancia que la primera), y la feria de Villafranca de la Sierra, que se celebraba el 13 de julio, esta última de ganado ovino y caballar, a la Feria de Ávila que se celebraba por los Santos se llevaban los chotos rebajados para evitarse su mantenimiento en el invierno y el peligro de que pudieran morirse de frío. Para acudir a la de Navarredonda se levantaban de madrugada, a las cinco, y hacían a caballo los 15 kilómetros de distancia, atravesando Navadijos, con sus meriendas en las alforjas, y guiando el ganado en venta. A la entrada al teso de la feria contaban el ganado y cobraban “el punto” por cabeza. Los tratantes vestían un blusón negro y sombrero o gorra bilbaína, dependiendo de su procedencia. Cuando se decidían por un ternero lo marcaban con una tijera. Al anochecer regresaban después de todo un intenso día de negocios y regateos, en la antigüedad las ferias duraban un par de días. Cuentan como anécdota que en la posguerra viajó algún ternero de estraperlo en el coche de línea a Madrid para aliviar el hambre, también en una época en la que no había vehículos particulares podían verse los chotos de pequeño tamaño, con las patas atadas, trasladados en la baca de camino a la feria o al matadero de Muñogalindo. En la actualidad vienen los tratantes de ganado a las casas y no acuden de Cepeda a vender a la feria de Navarredonda, aunque sigue celebrándose, adquiere cada vez un tinte más festivo que comercial, siendo más de interés turístico que ganadero.
En la actualidad, año 2008, predomina el ganado bovino [link con info ampliada], unos 14 ganaderos, suman aproximadamente 850 ejemplares de cría, de las que han trashumado este año a Extremadura unas 120; quedan 5 ó 6 vacas suizas; y del ovino, únicamente resiste un rebaño sedentario de ovejas merinas, que ronda las 400 cabezas. Los terneros viven 7 meses con la vaca, después se ceban en la explotación o se venden a un tratante que los lleva a un cebadero. En los últimos años la trashumancia se hacía exclusivamente con el ganado bovino y en los años 90 dejó de recorrerse el trayecto a pie, se transportaba en camiones, pero los últimos veranos ha habido poca lluvia y esto ha provocado que las dehesas de Extremadura produzcan poco pasto y que a parte del desplazamiento y el alquiler de la dehesa los ganaderos necesiten suministrar alimento al ganado trasladado y cada vez la trashumancia sale menos rentable. Por otro lado, los inviernos en la sierra están siendo cada vez menos fríos y los impedimentos para la cría en el lugar de origen están solucionándose con una mejor infraestructura de naves.
Escrito por Carmen Palomares con apoyo de varios textos y la colaboración de José Miguel Jiménez, Marcial García, Maruchi Jiménez, Rosario Prudencio y Emiliano Pérez.
La siega En Cepeda la siega ha sido una de las tareas del campo que ha precisado siempre más personal, por lo que hace tres décadas todavía podían verse por el pueblo cuadrillas de segadores contratados de otros municipios, venían jornaleros de Navalosa, Hoyocasero, Navatalgordo, S.Juan del Molinillo… y hacían la campaña en el pueblo, alojados por sus “amos”, hasta que se terminaba la tarea. Se comenzaba al ser de día, con la cabeza a resguardo por una gorra o sombrero de paja, se utilizaba una hoz o una guadaña y para protegerse los dedos un dedil o una manija. Cuando era preciso afilaban las herramientas con una piedra para tal fin.
Posteriormente los motores de segar ayudaron bastante a la faena, usándose la hoz únicamente para los lugares más inaccesibles, y en la actualidad los tractores han contribuido notablemente a paliar la falta de gente. Si quieres saber más sobre la siega en el pueblo pincha aquí. Con la colaboración de Marcial García Domínguez.
La Trilla No se madrugaba mucho, porque esta tarea se hacía mejor cuanto más seca estuviera la espiga. Previamente se habían hecho montones con los haces, denominados hacinas, y parte de estos se habían esparcido en forma de círculo, para formar la parva. Solían extenderse en cada casa varias, según se acababa con una, se recogía y se preparaba la siguiente. En la era cada cual tenía su espacio, que era respetado de un año para otro, siempre se tenían los mismos vecinos. Los hombres enganchaban el yugo a la yunta y este a su vez al trillo, que era una tabla de madera con piedras cortantes debajo, que dejaba molida la espiga a fuerza de pasar por encima de ella.
Por lo menos un ratito le gustaba montar a todos en el trillo, pero aguantar una mañana tras otra, la semana aproximada que duraba la trilla, en algunas casas, era una tarea muy pesada, echaban mucha mano los niños, porque era toda una novedad, cada uno se llevaba su sombrero, un banquito, para ir sentado en el trillo, unas gafas de sol, de las que se compraban en un quiosco de pipas, y alguna que otra revista. El trabajo consistía en cuidar que la yunta con el trillo no se saliera de la parva, para ello se pinchaba con la aijada a la vaca que circulaba por la parte externa cuando se veía que se desviaba demasiado hacia fuera, y a la interior, cuando se quería hacer la circunferencia más extensa. Así se iba rotando en círculo, unas yuntas en un sentido, y otras en otro, mientras dos hombres daban la vuelta a la parva, para conseguir que lo que se había molido más quedara debajo y las espigas sin cortar, encima. Alguna que otra vez les tocaba salir corriendo detrás de alguna yunta a la que se había pinchado mal y corría sin control por las eras. También se ha trillado con caballos y los últimos tiempos, para suplir la falta de trilladores, con el motor de segar, al que se ponía un trillo detrás, cargado con piedras. De vez en cuando se mandaba a un muchachín que fuera a traer el botijo con agua fresca de la fuente, a estos recipientes se les solía poner un tapón en el agujero más grande y un palo de piorno en el pitorro,y no solían tener muy larga vida, empezaba por mutilárseles el asa, atándoseles de extremo a extremo una cuerda para transportarlos, hasta que ya no quedaba nada de ellos, una vez llenos se ponían a la sombra del montón y se tapaban con alguna prenda para conservar el fresco. Cuando ya comprendían que estaba el centeno, (que era lo que habitualmente se trillaba) suficientemente molido, se hacía con él un montón, para esto se ataban dos sogas al yugo y en el otro extremo un tronco (cañizo) a modo de triángulo, en este tronco se subían los que ayudaban a amontonar mientras otro dirigía la yunta, hasta tener formado el montón, a esto se le llamaba cañizar. Para recoger lo que quedaba se ayudaban de las palas de madera y los rastros; después, generalmente se pedía a las mujeres que bajaran a ayudar a barrer, esto se hacía con escobas de piorno. La costumbre en Cepeda es que las mujeres hicieran las labores de casa, y las de campo los hombres, con alguna excepción como ésta. Cuando se sospechaba que iba a comenzar alguna tormenta se recogían los montones a toda velocidad y se tapaban con plásticos éstos y las hacinas, para que el daño fuera menor. El método más antiguo de separar la paja del grano consistía en levantar con la pala de madera hacia arriba, aprovechando el viento, pero la máquina aventadora facilitó mucho el trabajo, se llenaba por arriba y ella iba separando, con un sistema de cribas, el grano, la paja y la espiga limpia. No se desaprovechaba nada, el grano daba de comer a los animales, entero o molido, y la paja servía para ponerla en las casillas limpia, de lecho para las vacas, cambiándosela a diario. El ambiente de la era, en la época de la trilla estaba lleno de tamo, que era el polvillo que soltaba todo el proceso y se metía hasta en el último rincón del cuerpo. Al atardecer, cuando se había acabado el trabajo, era todo un acontecimiento para los más pequeños jugar a esconderse entre las hacinas. También, se divertían haciendo con el centeno molinillos y pequeñas flautas; y chozas con los haces. El último año que se trilló en Cepeda fue en 1992 o como muy tarde en 1993. Por:
La Agricultura [+info nueva may 2009] Basándonos en las respuestas dadas a la encuesta que se realizó en Cepeda en 1752 para la elaboración del Catastro del Marqués de la Ensenada, en aquella época en las tierras de regadío se sembraba cebada y algo de lino, y en las de secano centeno, no habiendo sido posible el cultivo de trigo pese a haberlo intentado, tampoco existían árboles en el municipio. Había 25 labradores con tierra propia y 30 jornaleros, sin contar los hijos y criados de los labradores, que también ayudaban en las tareas agrícolas. Cien años después, en el año 1850 en el Diccionario Geográfico Estadístico Histórico de España y sus Posesiones de Ultramar de Pascual Madoz figura entre la producción de Cepeda trigo, centeno, patatas y hortalizas, además se describe, como algo excepcional, que hay cañadas de patatas con abundancia que se extienden hasta los términos con que confina. En Cepeda de la Mora el clima no ha permitido demasiado desarrollo de la agricultura. El trigo, aunque en los comienzos se deshecho por poco productivo, se fue introduciendo en algunos terrenos para el consumo de las personas, sustituyéndose este pan por el de centeno tradicional de la zona. También se incluyeron en el cultivo de secano algunas plantaciones de algarrobas que eran consumidas por las ovejas. La cebada normalmente se les echaba a las gallinas y a los cerdos. El centeno era consumido por vacas, ovejas y cerdos. También se sembraban algunos garbanzos para consumo de las casas. De las plantaciones de lino que se explotaban con intensidad en los siglos XIV y XV con alto rendimiento en las tierras serranas abulenses, y que sembraban nuestros antepasados en pequeñas cantidades a mediados del siglo XIX, sólo quedan en la actualidad de recuerdo los machaderos de piedra a la puerta de las casas en los que se trabajaba la planta con el mazo para la obtención de la fibra con la que confeccionaban manualmente, en telares, las prendas textiles para su autoconsumo. Actualmente los huertos aparecen casi todos sin cultivo, pero en la época de la postguerra la siembra de patatas en el pueblo ha servido para aliviar mucha hambre, gran parte del terreno junto al río Alberche, ahora perdido por su lejanía, se encontraba labrado, aprovechando la solana. Como las familias eran muy numerosas, y las patatas resultaban muy productivas, tanto para consumo como para el intercambio, se rompieron muchos prados para labrar los surcos para su siembra. Solían venir por las casas a comprarlas como actualmente vienen los tratantes a por los terneros, pero también se llevaban a una feria que había en Talavera bajaban por el puerto el Pico los carros llenos de patatas y volvían con pellejos llenos de vino y damajuanas de aceite. En uno de estos viajes, en la primavera de 1937, en plena guerra civil un padre hizo noche con su hija a mitad del camino y a la mañana siguiente se dieron cuenta de que habían dormido sobre tumbas recién cavadas, el resto del camino solo encontraban gente de luto a su paso. Otra anécdota fue un fallecimiento natural de un paisano Cepeda en Talavera, que se disimuló como se pudo, trasladándole tapado en el carro de nuevo a Cepeda para evitar los trastornos que hubiera supuesto a la familia. Las patatas también servían antiguamente de intercambio de otros alimentos básicos en la plaza. En los años 70, en ocasiones se alquilaban camiones y se llevaba a vender a Madrid por sacos puerta a puerta el exceso de producción. La siembra de la patata en Cepeda se hacía a primeros de mayo, al igual que las hortalizas, pero incluso sembrándolas en esta fecha, que parece bastante avanzada, siempre ha existido el riesgo de heladas. Se recogían en el mes de octubre, generalmente en tres canastos; las más chicas para los guarros, las medianas para la siembra y las más grandes para el consumo. Para celebrar la cosecha se guisaban las puches. Se conservaban guardándolas en la oscuridad de los casillos para que no se helaran, en Semana Santa se solían limpiar los tallos que habían echado.
En los huertos las hortalizas que se plantaban desde antiguo eran los fréjoles (judías verdes); las berzas (repollos) se recogían una vez había helado, cebollas y remolachas. Posteriormente se fue introduciendo la calabaza, las acelgas y los calabacines. Con los desperdicios de las berzas, las mondajas(peladuras) de las patatas, las calabazas y las remolachas se cocían los calderos para alimentar a los cerdos. Los árboles de reineta y verde doncella, resistentes y tardíos empezaron a salpicar los huertos, proporcionando en la alimentación las vitaminas de la fruta, y dejando su aroma en los doblados de las casas en los que se guardaban para su consumo. Las zarzamoras que han crecido salvajes entre las piedras de las paredes también han sido un manjar goloso al final del verano para los niños de muchas generaciones. Únicamente el terreno de La Cuesta de Vergallanta por el abrigo, ha permitido otro tipo de frutales. El centeno tampoco da ya la tonalidad amarilla al campo, ha desaparecido su siega y la trilla, nuestros antepasados lo vendían o cambiaban por telas o comestibles a los tenderos en la plaza, también lo compraba el panadero o los molineros lo cambiaban a razón de 2 fanegas de centeno por 1,5 de trigo, ya que en todo el valle Amblés y la Moraña primaba el trigo y la sierra era más propicia al centeno. También se utilizaba la paja del centeno para hacer los sombreros, o recipientes como los escriños. Entre el centeno se criaba un cornatillo, negro y alargado, que se recogía después de la trilla y se vendía a muy buen precio por kilos para la industria farmacéutica recién terminada la guerra civil. El terreno se labraba para la siembra con el arado romano, que iba sujeto por el bardón al yugo de la yunta, las pasadas que se le hacía a la tierra eran tres: alza, entre los meses de marzo y abril, que era la primera labor que se daba a la tierra con el fin ahuecarla y enterrar el rastrojo; bina, en el mes de junio, que consistía en dejar la tierra lista y dispuesta para la siembra; y excepcionalmente también se daba otra reja a la tierra que era la tercia, que consistía en arar la tierra por tercera vez. Las tierras que se sembraban un año al siguiente quedaban de rastrojera o barbecho es decir no se sembraban y se sembraban las de la otra hoja. Más antiguamente, según las respuestas dadas en 1752 el centeno se sembraba cada tres años, dejando dos de barbecho, utilizando la técnica de la derrama. La siembra del cereal, el centeno, se comenzaba a realizar a últimos de septiembre o primeros de octubre, con las primeras lluvias de la otoñada, e incluso en algunas ocasiones se demoraba mas tiempo. Para los agricultores lo prioritario no era la fecha, sino que hubiera llovido previamente para que la tierra estuviera húmeda, y permanecía oculto todo el invierno, empezando a brotar en primavera. En el mes de julio se recogía el heno y en agosto la siega del centeno, la trilla y demás labores, por eso en estos meses el trabajo de los hombres en el campo era de sol a sol, incluso los domingos y días festivos, para eso existía una licencia eclesiástica que lo permitía, sin incurrir en pecado, siempre que cumpliesen con la obligación de ir a misa, que solía ser a un horario distinto del habitual. Los huertos se regaban con el agua que bajaba de la sierra por los conductos de regaderas todavía existentes, que se compartían con los prados, por tanto, para regular el consumo del agua a partir de Santiago (25 de julio) se establecían turnos de riego. Préviamente, los vecinos del pueblo participaban en la limpieza y acondicionamiento de las regaderas y tornaderos para facilitar el curso del agua. En este tipo de trabajos comunales intervenían casi todos los vecinos del pueblo, los cuales, una vez realizado el trabajo eran obsequiados por el alcalde con un vino en la plaza. El riego se efectuaba por zonas, generalmente era una tarea confiada a las mujeres, ya que los hombres en el verano estaban muy atareados con otros menesteres, según se iba terminando había que avisar al del huerto vecino. Al final del día el agua recuperaba su libertad y podía ser echada a los prados, por este motivo siempre había mucha picaresca, unos madrugaban mucho y otros procuraban ir a acostarse los últimos para disfrutar hasta la última gota, existe incluso la leyenda de aquél que la noche de bodas dejó a la mujer acostada y se fue a echar el agua. Otra técnica para conseguir regar los días previos al establecimiento de los turnos era ir de dos en dos, uno cuidaba el agua y otro mientras regaba, provisto de la azada iba abriendo y cerrando los surcos. En las Ordenanzas de Ávila y su Tierra de 1487 ya se encuentran reguladas las normas sobre el aprovechamiento del agua. Otros huertos tenían la suerte de contar con manantial propio, en ellos se abrían pozas a modo de pequeñas piscinas, que se taponaban, y se iban llenando de un día para otro, después se distribuía su agua por los surcos, a veces estas pozas eran compartidas por los huertos vecinos y regaban en días alternativos. El día de 15 de mayo se honraba al patrón de los labradores, San Isidro, con una fiesta que consistía en una misa, en la que se sacaba en procesión al santo y un baile, generalmente celebrado en El Centro o en Las Escuelas por las inclemencias del tiempo, y se celebraba un original concurso: premio para el labrador que trazara el surco más recto. Con los gastos de la misa y el convite corría la Cámara Agraria, posteriormente estuvo muchos años sufragándolo el Ayuntamiento. . Labores domésticas [volver arriba] Antiguamente las labores en la casa se realizaban todas manualmente y muchos de los productos que actualmente estamos acostumbrados a comprar se elaboraban artesanalmente. Las familias de la época, muy numerosas, se reunían en torno a la lumbre a charlar, a rezar el rosario y a tener (coger en brazos) a los muchachines más chicos, para que a las mujeres les diera tiempo a atender las tareas domésticas. La cocina se limpiaba cada ocho días de rodillas, con estropajo y arenilla. Después se repasaba con barro, en la chimenea se daba "la morilla", que era un barro negro con el que se repasaba la zona para igualarla y luego se "cortaban" las lanchas adornándolas entre las juntas, con mucho pulso para no salirse, utilizando un barro amarillo que venían vendiendo de Navalacruz. Había costumbre de jalbegar las casas una vez al año, antes de las fiestas, y antes de estar a la venta el jalbiegue las mujeres iban a buscar barro blanco a un barranco en dirección a Garganta, montadas en un burro y con un par de sacos para equilibrar al animal. Antiguamente en la cantarera de madera había tres utensilios: cántaro, cantarilla y botijo. A fuerza de llevar cántaros de las fuentes a las casas se iba llenando la tinaja (su capacidad era de 8 ó 9 cántaros), de la que luego se iba sacando el agua con un cazo para guisar o para fregar los cacharros si no se podía disponer de agua del pozo. La cantarilla era de menor capacidad que el cántaro, y era usada por aquellos con menos fuerza para “valer” con el cántaro, también algunos tenían la capacidad de poder transportar al mismo tiempo el cántaro y la cantarilla. En casi todas las casas había dos botijos, se bebía mucha agua, y toda directamente de ellos. Cuando “de tanto ir el cántaro a la fuente” se caía alguna pieza y se rompía, “ganancia para el cacharrero”, se solía decir. El cacharrero era el tendero que iba a la plaza (y continúa yendo de vez en cuando) a vender enseres para surtir la cocina.
Antes de llegar el agua a las casas las mujeres subían al Vijuelo, cargadas con un cesto en el que llevaban la ropa sucia y una tajuela con un almohadón para poner sus rodillas. Lavaban en el curso de la regadera en la que había dispuestas lanchas de piedra de granito, a modo de lavaderos, rehaciendo pequeñas pozas, con piedras y terrones. Dejaban enjabonada la ropa más sucia y la extendían sobre las cercas de piedra de los prados sujeta con cantos, hasta que se secaba para quitarle las manchas, luego la aclaraban y la recogían cuando ya estaba seca. Las prendas, sobre todo las sábanas, solían estar marcadas con las iniciales para no confundirlas. Durante una época se usó un lavadero del que existen todavía restos, pero no fue muy popular. Los cacharros, había costumbre en el buen tiempo, aunque había en las casas pilas de piedra, de ir a fregarlos a las regaderas que atravesaban el pueblo, con arenilla fina y estropajo de esparto se limpiaban cacerolas y sartenes. En el pueblo existían varios hornos de pan de uso particular y también había 3 de uso público que cobraban por su uso un pan y una bolla o raya. La bolla era un pan aplastado, untado con aceite, al que se hacían unos dibujos con los dedos a modo de hoyos. Posteriormente, los panes, una vez cocidos se almacenaban en las nasas (grandes recipientes con tapa, tejidos con centeno), para que se conservaran tiernos.
Queso fresco Se ha estado haciendo hasta hace muy poco tiempo. Últimamente se elabora con leche de vaca, pero en la antigüedad se hacía de leche de cabra u oveja. Con 3 litros ya hacían un pequeño queso. Actualmente sólo hay uno en el pueblo, pero hace 50 años casi todos los cepedanos tenían pequeños rebaños, incluso pasaban la noche en la sierra de pastores guardándolos del lobo. Hasta los años 80 en casi todas las casas había una vaca suiza como mínimo, pastaban durante el día y a media tarde volvían cada una a su casilla para ser ordeñadas, escuchándose por el pueblo el bullicio de sus changarros y sus mugidos, sin olvidarnos de sus boñigas. Era habitual encontrarlas en grupos bebiendo en los pilones del pueblo. De ordeñarlas manualmente, los que tenían varias, habían pasado a utilizar las ordeñadoras. Pero con la entrada de España en la CEE, el excedente de leche en nuestro país hizo que poco a poco fueran desapareciendo, ya que dejaron de venir los camiones cisterna a recoger la leche, y el precio de los brick; más baratos; menos engorrosos, al no haber que cocerlos; y con mucho periodo hasta su caducidad; no hacía rentable su venta, dejó de tener salida económicamente, y empezó a cambiar nuestro paisaje.
Hace muchos años, se usaba para hacer el queso cuajo de cordero o cabrito, ahora se utiliza en polvos o líquido, comprado en farmacias o tiendas de ultramarinos especializadas. Según el cuajo que se utilice vienen en los prospectos las medidas, pero últimamente se usaba, para 5 ó 6 litros de leche, una cucharadita de cuajo. Previamente, el cuajo se disuelve en unas gotas de agua templada, para añadirse después a la leche templada en una olla (si estuviera fría, se estropearía y demasiado caliente no se podría cuajar). Se va moviendo, y según sube el suero se va sacando (antes se bebía o se echaba a los guarros), se continúa removiendo y extrayendo el suero hasta que se puede colocar en el cincho, bien apretado, sobre la tabla de hacer el queso. Hay dos tipos de cincho, los de esparto se usaban para el queso de cabra u oveja, para el de vaca es más apropiado el de madera, con distintos agujeros para irlo apretando según va menguando, pasadas unas horas, cuando se comprenda que ya no se rompa, se le echa un puñado de sal gorda por encima y se le da la vuelta para que continúe escurriéndose, se le pone una tabla encima y sobre ella una piedra, para dejarlo más escurrido, se sala por ese otro lado y se repite el proceso de dar la vuelta y poner la tabla con la piedra encima, hasta que deje de escurrir. Lo habitual es guardarlo en la nevera y comerlo fresco, pero cuando había muchas en las casas, se dejaban en una tabla de madera colgada en la despensa, para que se secaran, se les daba la vuelta todos los días, y una vez curados, se metían en aceite, enteros o en trozos. Con la colaboración de Catalina Sánchez y Julita Jiménez.
La Matanza
En otros tiempos, cuando no existía la palabra colesterol, y se desgastaban muchas calorías con las faenas del campo, lo normal era que todas las familias cebasen un cerdo, o dos, para realizar la matanza; y disponer así de alimentos durante todo el año, o al menos, hasta bien entrado el otoño. En una economía de subsistencia como la cepedana, en la que no existían los alimentos manufacturados, como ahora, ni los medios de transporte actuales, la matanza constituía la base fundamental de la alimentación, junto con las patatas y la escasísima fruta y verdura que conseguían de las huertas. El cerdo había sido cebado con esmero durante el año anterior, a base de calderos de patatas, remolachas, pulpa y también por supuesto harina de centeno, todo ello cocido a la lumbre. También se les echaban todos los desperdicios vegetales, como las cáscaras de los melones, las hojas de las lechugas, las mondas de la fruta, etc., nunca los desperdicios de la carne, como son los huesos, etc, ya que estos servían de alimento a los perros; otro manjar que les gustaba mucho a los cerdos era el suero del queso, se ponían muy blanquitos. Generalmente se engordaban en el “casillo de los guarros”, del que salían únicamente para la limpieza diaria, se les suministraba comida dos veces al día, para el almuerzo y la cena, con ese nombre. Antiguamente, existía un porquero, que tenía como oficio salir con todos los cerdos del pueblo por las callejas para que comieran ortigas y demás hierbas. La matanza se arrancaba a hacerla alrededor de la Pura (8 de diciembre) aproximadamente, hasta el mes de febrero, no más tarde, puesto que a partir de esa fecha los días son más largos, y corría el peligro de estropearse. Casi siempre se avisaba a la familia y se juntaban todos para ayudar, también para comer y celebrarla, porque era como una fiesta familiar, en la que las mujeres llevaban la peor parte, eran las que más trabajaban y debían atender a todo el mundo, los guisos, los hijos y padres, bueno lo de siempre. El día de matar al cerdo, se le bajaba al corral; primero un hombre le agarraba de las quijadas con un gancho para poder llevarle a la mesa, a la que se le intentaba subir, si se conseguía mejor, sino, en el suelo, se le clavaba un gran cuchillo con la hoja afilada por los dos lados; siendo buena la pericia del matarife, moría instantáneamente, porque la cuchillada le partía literalmente el corazón. No es agradable oír los gritos del cerdo, es su única defensa, ya que está atado de pies y manos, y no puede moverse mientras se desangra, cuando no estaba bien dada la cuchillada sufría mucho. La sangre se recogía en un cubito, a parte de esta se le daba vueltas para que no cuajase (solidificase), y al resto se la dejaba cuajar, para después comerla guisada.
Si quieres saber más sobre la matanza en el pueblo pincha aquí. Por:
Traje típico
En la antigüedad los cepedanos se confeccionaba sus propias vestimentas, calcetines y ropa interior, para los trajes venía un sastre de Muñotello que cosía a los hombres la chaqueta, el pantalon y el chaleco. La tradición era estrenar la ropa nueva para las fiestas, aunque fuera el único traje que se iba a utilizar el resto del año. Posteriormente, con la manufactura y el prêt a porter solía cogerse el coche de línea, a las ocho de la mañana, unos días antes de la fiesta, para volver a las cinco de la tarde con el vestuario renovado. Las telas se compraban a los tenderos en la plaza, cambiándolas por celemines de centeno, y servían para hacer camisas o sábanas. La lana de las ovejas se mandaba a hilar a Hoyocasero para hacer prendas de punto y calcetines. Algunas mujeres también hilaban con la rueca y después torcían la lana juntando dos hebras con un huso. En el pueblo hace muchos años también había plantaciones de lino, la planta se machacaba en los machaderos de piedra que todavía pueden verse en algunos corrales. Tradicionalmente ha habido costumbre de vestirse con el traje típico para las Fiestas de San Roque, algunos años dejó de hacerse, pero actualmente la Asociación ha vuelto a recuperarlo, y un día al año salen los manteos de los baúles para recrear otros tiempos. El traje femenino está constituido por una falda de lana denominada manteo, que va fruncida a la cintura y atada con dos cintas, normalmente el color es rojo o amarillo ocre, con adornos de picadura en fieltro negro, o bordados del mismo color; algunas también con tiras de terciopelo o jaretas en horizontal. Debajo de la falda se usan unas enaguas muy finas, de batista, adornadas con puntillas, y medias blancas de hilo, caladas hasta la rodilla. En la parte superior se lucía un jubón muy ajustado con puntillas en el cuello y en los puños. Actualmente se utilizan en su lugar blusas. Y sobre las mismas el mantón de Manila bordado, con flecos, cruzado sobre el pecho y atado por detrás a la cintura, también se usan los pañuelos de cien colores, que provienen de la zona de Béjar, que son de lana, con dibujos de muchos colores. Para complementar la indumentaria se coloca la faltriquera, que es una pieza a modo de bolsillo que se lleva atada a la cintura sobre la falda, y por último el delantal, en color negro, que puede ser de terciopelo, con adornos de pedrería, cintas de raso, etc. En los pies, lo habitual son las zapatillas de esparto o actualmente las manoletinas negras. De vestir la indumentaria masculina en fiestas no ha habido tanta tradición, aunque actualmente, están empezando a sorprendernos agradablemente, antiguamente estaba compuesta por varios elementos: El pantalón de paño negro, largo. La camisa amplia, de color blanco y de algodón y sin cuello, que puede llevar jaretas en la pechera. Sobre la camisa se coloca un chaleco generalmente negro. También se usaba la faja a modo de cinturón, tanto para resguardarse del frío como para guardar objetos personales. Otro elemento muy importante era la capa, que tenía mucho vuelo y larga hasta los tobillos, era de uso obligado en ceremonias y actos oficiales. El calzado utilizado eran las alpargatas. Las medias utilizadas por el hombre eran de lana o algodón y llegaban hasta la rodilla. Los más pudientes usaban botas de fuelle. En cuanto a las joyas y adornos femeninos destacan los pendientes de calabaza y las arillas, casi todos provenían de la filigrana charra; los collares de oro, también los alfileres para sujetar los pañuelos, los del pelo, que solían ser de plata, y las peinetas de nácar. El peinado femenino casi siempre consistía en un moño bajo adornado con alfileres o últimamente con cintas de colores. Aquí casi nunca se usaba la gorra de paja que últimamente se está imponiendo, es tradición más de nuestros vecinos de Navalacruz o Navalosa; tampoco se usó el sombrero barcense que sí que utilizaban en otros pueblos de esta zona. Existen también unas piezas que se ponían en el pelo en las ceremonias más destacadas que son las mantelinas, consisten en unas pequeñas capas de terciopelo adornadas con pasamanería.
Artesanía Cepedana[volver arriba] En la actualidad estos trabajos se hacen como favores, de encargo, y es muy difícil encontrar todavía alguien que los haga, pero en las casas todavía quedan chales de punto y puntillas tejidos por las abuelas. A parte de las labores que detallamos seguidamente también se elaboraban cestos y escobas con las materias primas de los alrededores.
Gorras y Sombreros de paja Antiguamente se hacían en el pueblo, actualmente, y por casualidad, hemos encontrado a una señora que todavía los hace artesanalmente, como curiosidad, para subastas benéficas, o para la familia, no en plan comercial. Para realizar el sombrero, primero se corta la paja de centeno de nudo a nudo, y una vez se tiene una buena cantidad de ellas, se mojan unos minutos en agua templada en un cubo, para poder manejarlas. Posteriormente se van tejiendo las pajas con los dedos, en forma de trenzas de distintas anchuras. Una vez hechas las trenzas, se remojan de nuevo, y se machan con un martillo de madera, para conseguir que queden aplanadas. Las gorras son femeninas y los sombreros pueden ser para ambos sexos.
Con la colaboración de Josefa Moreno Campos
Mantelerías Se hacían en el pueblo desde hace aproximadamente unos 75 años, la técnica de Lagartera, la trajo una señora cepedana, que estuvo una temporada en Herreruela de Oropesa (Toledo), y después, enseñó a todas las jóvenes que quisieron aprenderla. - Soles redondos
Arraiolos Esta artesanía portuguesa, prácticamente no ha variado desde hace 4 siglos,
En la actualidad, y desde hace un par de años, una vecina de Cepeda de la Mora, curiosamente de ascendencia portuguesa, se dedica a difundirla en la Feria Medieval de Ávila y a dar clases por los pueblos de la provincia, contratada por Asociaciones y Centros culturales, a aquellos grupos de personas que quieren aprender esta técnica milenaria. Para más información pincha aquí. Podrás encontrar muestras de los cojines, tapices y alfombras.
Juegos[volver arriba] La vida social cepedana, condicionada por el crudo invierno, discurría dentro de las casas o en los bares. Los mozos y mozas solían reunirse en alguna casilla, y actuaban “echando las comedias”, también en los años 30 alquilaban un organillo y haciendo girar el manubrio montaban baile. En el verano el sitio de reunión fundamental eran las eras y los alrededores de las Escuelas, en eso ha cambiado poco. Ahora se juega al frontón y la gente charla tranquilamente alrededor de la partida, hasta que atardece y se esconde el sol. Es hora de irse a cenar. Los mayores pasan la tarde en las escaleras de las puertas de las Escuelas viendo pasar a la gente por la carretera. Cuando no había tanta tecnología, en Cepeda los niños utilizaban lo que tenían más a mano para divertirse, y en los pueblos siempre ha habido más medios.
Los burros, ya en extinción, han dado mucho juego, para hacer carreras, pasear en ellos, por las noches se “iba a burros”, solían ir unos cuantos juntos y se montaban. La nieve también ha servido lo suyo para distraer a los más peques, se jugaba “a gábia” que era una batalla con bolas de nieve, se hacian dos equipos, y al grito de ¡Gábia, gábia!, se liaban a bolazo limpio, hasta que uno de los dos se rendía cuando la cosa iba en serio; ahora que nieva menos, y las calles están más heladas, se juega a patinar, algunos niños llegan a tirar cubos de agua por alguna pendiente al anochecer, para tener a la mañana siguiente una pista más amplia e igualada.
Y ya en la pubertad, para desinhibirse a dar los primeros besos furtivos existía el juego de la cerilla, solía jugarse en las inmediaciones del Centro, los que no tenían edad para que les dejaran entrar, y consistía en pasar un fósforo encendido de mano en mano hasta que esta se apagaba, ese era el que la pochaba y entre otras pruebas, le tocaba besar a alguien o bailar con la música que salía de adentro. También las cartas han servido a todas las edades para pasar las tardes desapacibles. Cuando el tiempo ha acompañado, se ha aprovechado también para hacer excursiones, montar en bicicleta, jugar al frontenis, a la calva, y desde hace dos o tres años también se ha empezado a jugar a la petanca. La Brisca A este juego hay mucha gente empicada, y de todas las edades.
Se necesitan 6 jugadores y hay 2 equipos, en cada uno de los cuales, una persona lleva la voz cantante, que es el que en realidad juega, y los demás le hacen las señas indicándole las cartas que llevan para que dirija el juego. El as del palo que pinta: se representa arqueando las cejas. Lo habitual, en los bares, es que los que pierdan paguen la consumición suya y la los del otro equipo, tenemos verdaderos expertos y el asunto suele ser reñido. El Tute - Introducción Por:
La Calva Se continúa jugando a la calva. La calva es un juego muy popular en Cepeda y en los alrededores de la zona. Se jugaba prácticamente todos los domingos y fiestas de guardar. Antiguamente a la calva sólo jugaban los hombres y los mozos; no era un juego para mujeres. Ahora afortunadamente, no solo participan, sino demuestran su gran destreza. Para jugar a la calva se necesitan mínimo dos jugadores y un pingador. El pingador hace la misma función que hacen ahora los árbitros, es decir, que estaba siempre pendiente de la calva, porque, dependiendo de en qué parte de la calva pegase la mojona, se podía contar tanto o no. La calva está fabricada con maderas duras, para que pueda aguantar los porrazos que recibe, y tiene forma de L. Cada lado de la ele mide unos cincuenta centímetros y el “siento” tiene que ser bien llano para que se sujete en el suelo sin ladearse para los lados. Las mojonas eran de piedra, a modo de cilindros, de unos veinte centímetros de largo por dieciocho o veinte de diámetro. Más tarde llegó un tubo metálico que se cortaba a a medida de las mojonas, y que se llama cubillo o gorrillo. El juego consiste en dar a la calva con el gorrillo desde una distancia de unos doce metros como mínimo. Para poder contar tanto siempre hay que pegar en la madera de la calva, pero, a veces, aunque parecía que había chocado, el pingador decía que no y se entablaban bastantes discusiones, aunque de ahí no pasaba y no llegaba nunca la sangre al río.
La Navaja - Material necesario:
Por:
Trabalenguas - El Tío Maragato Este es un juego autóctono que tiene sus orígenes en la leyenda del bandolero que estuvo una temporada por estos parajes. Seguramente los padres amenazarían a los niños que se portaban mal con “que viene el tío maragato”. Y pudieron contribuir a que haya perdurado en el tiempo las largas tardes de invierno desapacible encerrados en las casas y sin saber en qué entretenerse al calor de la lumbre. Jugaban varios jóvenes, uno de ellos hacía de “Tío Maragato” y el resto se ponían nombres raros difíciles de repetir y acordarse de ellos. El Tío maragato empezaba diciendo a toda velocidad: TM – El tío maragato mató un gato – y señalando a otro - ¿quién lo mato?. Si no había equivocaciones el juego continuaba rápidamente y el que cometía errores debía beber del porrón de vino hasta que el Tío Maragato dijera.
Trabalenguas - Un limón y medio limón Se ponían en círculo, cada uno con un número el que empezaba decía:
La Taba Solían jugar en recreo en el patio de las Escuelas participaban en un corro de rodillas, por lo general 4 jugadores/as, pero podían ser más. Utilizaban 6 tabas sacadas de la parte delantera del “juego de la rodilla” de las ovejas, porque eran más grandes que las de cordero.
Comenzaban la partida poniendo todas las tabas bocabajo. Cogían entonces una china en la mano y según la tiraban hacia arriba cogían una taba y recogían la china de bajada, de ese modo, se iban acumulando sucesivamente todas las tabas en la misma mano, si se fallaba corría turno. También se ponían castigos, como por ejemplo echar dos tabas al alto y volverlas a recoger, por lo complicado del tema eran partidas de las que no tenemos conocimiento que terminara ninguna, pero entretenían lo suyo para lo barato que era el material utilizado.
El calvo Era muy similar a la calva, pero lo que se situaba delante era una especie de banquillo de tres patas que daba nombre al juego. Debía lanzarse el gorrillo para tirarlo.
Gastronomía [+info may2009] [volver arriba] En Cepeda en casi todas las casas había despensa, en la que no solían faltar las cántaras de vino traídas de Talavera, aceitunas que se condimentaban y se conservaban en grandes pucheros de barro, había también jamones, chorizos y productos de la matanza hasta bien avanzado el otoño, que convivían con algún que otro producto del huerto como las judías secas. Además se disponía de las manzanas reinetas o verde doncella que se almacenaban en los doblaos y las patatas guardadas en los casillos. Antiguamente tenían por costumbre tomar una taza de café puro según se levantaban por la mañana temprano y después a media mañana se hacía el almuerzo, al puchero de malta se le añadía algo de achicoria para que pusiera color y se juntaba con la leche de vaca o de cabra, los hombres además podían comerse algún chorizo o algún torrezno, en las casas que no había leche podía desayunarse con patatas revolconas incluso. Las comidas se solían componer de un primer plato que casi siempre era de cuchara: patatas revolconas, cocido, judías blancas o pintas(pipos), lentejas, patatas con costilla o con bacalao, y en verano gazpacho. Y el segundo plato generalmente era algún producto de la matanza. Otras veces se ponía en la mesa carne guisada o frita, callos, repollo rehogado con ajo y patata, huevo frito, tortilla de patata, patatas o pimientos fritos. En las casas que había cazadores también se consumían liebres, conejos y perdices con arroz o con patatas. También se acompañaba la mesa con un plato de aceitunas a la que se le añadía un poco de cebolla cortada y a veces un huevo cocido también a trozos. Para postre como extraordinario se hacían rebanadas en pan fritas, mojadas en vino, con azúcar por encima, o manzanas fritas en rodajas rebozadas de azúcar. Cuando llegaban con mucho frío para entrar en calor preparaban
vino caliente con azúcar. También era común para
convidar a alguien sacar en cualquier momento una
copita de aguardiente y un mantecado. Para las celebraciónes solían
hornear roscones. 1. Patatas revolconas
Se ponen a cocer las patatas en trozos grandes con sal, ajo y laurel. Se fríen los torreznos y en su misma grasa, a fuego muy bajo, para que no se queme, se incorpora el pimentón, se remueve y se añade un ajo machado en el mortero con un poco de agua del caldo de las patatas. Bien escurridas las patatas, una vez cocidas, se mezclan con el refrito y se machacan con una cuchara de palo, formando una pasta. Se suelen acompañar con torreznos típicos de cuatro caras.
2. Roscón de Cepeda
Se baten las claras a punto de nieve. Después, se incorpora el azúcar y se continúa batiendo. Posteriormente, se van agregando las yemas sin dejar de batir, y por último, se echa la harina poco a poco y se mezcla todo bien. 3. Sopas Canas 4. Cocido de Segadores 5. Puches Era costumbre hacerlas el día que se acababan de sacar las patatas, por la noche, a modo de extraordinario. El tamaño de la sartén y las cantidades empleadas dependían de la cantidad de familia que se juntaba, algunas podían llegar a ser del tamaño de una mesa. 6. Sopa Cachuela Se hacía uno de los días de la matanza, con el hígado del cerdo. 7. Ensalada de Buruja
Vocabulario típico de la zona: Cepecionario [volver arriba] * Con asterisco, las palabras nuevas o las que se han incorporado fotografía recientemente. A K
Dichos y frases habituales en Cepeda [volver arriba] - Los mocos de unos son sonaos y los de otros son sorbidos.
Leyendas e historias cepedanas [volver arriba] San Martín del Fraile (San Martinillo) [+info may 2008] La localización exacta del asentamiento estaba en dirección a Navadijos, antes de llegar al puente, por encima de las últimas cercas a mano derecha, en un alto. Todavía puede observarse en pie, sobre el río Alberche, como testimonio de su existencia un puente romano de piedras de sillería, denominado de S. Martín del Fraile, muy original en su formas rectas, poco habituales, con vigas de granito en vez de arcos, que servía de paso a estos vecinos. En la actualidad todavía pueden observarse las ruinas de lo que fue la antigua unidad poblacional, entre sus restos comentan los entendidos que quedan los vestigios de una antigua fragua. Muy probablemente las piedras de las viviendas servirían posteriormente para reformar las paredes de las cercas, contribuyendo a la desaparición y al olvido. Desconocemos el momento en el que acaeció el hecho desencadenante de la despoblación.
En el año 1328, en el Memorial de los bienes que componían el mayorazgo que fundó don Sancho Blázquez Dávila, están documentadas todas las localidades que componen el señorío: villa de Villatoro, Cepeda de la Mora, San Martín del Fraile, Mengamuñoz, Muñotello, Pradosegar de Arriba, Pradosegar de Abajo, Pradosegar del Medio, Poveda, Amavida, Anguas, Pascual Muñoz, La Solana e Izquierdos. Se denominaba la Trasierra a la zona comprendida en los términos de Cepeda de la Mora y San Martín del Fraile. Los concejos que delimitaban el señorío de Villatoro por su zona sur con el de Piedrahita eran La Garganta del Villar y Navadijos. En algunos documentos del Archivo Municipal de Piedrahita aparece documentado como San Martin del Prayle. En el año 1458 la iglesia de S. Martín del Fraile se encuentra incluida en el arciprestazgo de Piedrahita, aunque el concejo de la aldea pertenecía a la tierra de Villatoro. Extraído del libro HISTORIA DE AVILA IIIEDAD MEDIA (Siglos XIV-XV) editado por la Institución “Gran Duque de Alba” de la Excma. Diputación de Ávila.
Este pueblo aparece en el libro de los Veros Valores del Obispado de Ávila con la siguiente aportación: “Cura 300 mrs., Iglesia 358 mrs y Sacristía 415 mrs.”. En 1503 continúa existiendo, documentado de nuevo como aldea de Villatoro y arciprestazgo de Piedrahita, por lo que su desaparición debió ser entre este año y el 1752, que fue cuando se realizó la encuesta para el Catastro del Marqués de la Ensenada por la zona. En el libro Despoblados en la comarca del Barco de Ávila (Baja Edad Media y Edad Moderna) de Jesús Antonio González Calle se comenta que se han podido recoger referencias orales de 18 despoblados que van desde la simple localización del emplazamiento hasta complejas y detalladas leyendas como explicación fiable de los despoblamientos de las aldeas. Aprecia en su estudio dos tipos principales de leyendas, las relativas al abandono por traslado de la población a otro lugar y las referidas a muerte trágica de sus habitantes, como es el caso que nos ocupa. Las leyendas por traslado de población pueden ser tan rocambolescas como la de Casas de Robledo, en la que se dice que la causa fue una terrible plaga de ratones y hormigas. Por muerte accidental y súbita de todos sus habitantes se habla en poblaciones como El Ahijón y Navamediana de Abajo, donde hubo un envenenamiento colectivo de todos sus habitantes al tomar agua envenenada accidentalmente por una salamanquesa o una víbora en el caso de Cabezuela. El trágico suceso se produce siempre, curiosamente, tras la celebración de alguna ceremonia religiosa (un bautizo, una misa o una boda). Además, suele darse el caso de un único superviviente, tratándose siempre de una mujer. El autor realiza un estudio del emplazamiento, altitud y disponibilidad de agua y su análisis, ante la variedad de situaciones, deshecha el tópico de que los emplazamientos desfavorables son la principal causa del abandono de las aldeas y se inclina por motivos históricos, económicos, y sobre todo, de distribución territorial. La conclusión final es que los despoblados se deben a un proceso largo y gradual de búsqueda de unos modelos de reagrupamiento de la población más racional y rentable, en algunos casos la despoblación fue favorecida por la regresión o el estancamiento demográfico a nivel local, en otros no se aprecia esta característica, los abandonos de estos pueblos se produjeron entre los siglos XVI y XIX. Carmen Palomares
El Saludador [+ info may2008] Era un paisano de Navalmoral de la Sierra, muy pintoresco, que venía a mediados del siglo XX, una o dos veces al año por Cepeda, llevaba colgada una cruz de Caravaca blanca, e iba casa por casa “saludando a los vecinos y a los animales”, para protegerlos de todos los males, reunían a todos los miembros de la familia, y este señor les saludaba, dirigiéndoles una especie de oración haciéndoles la señal de la cruz: “ Yo te saludo, por la gracia que Dios me ha dado … (el que todavía se acuerde de más que lo cuente)” Y los cepedanos, agradecidos, a cambio, le entregaban de limosna patatas para sembrar, algo de dinero, pan, o lo que podían. Se rumoreaba que tenía la Cruz de Caravaca debajo de la lengua, porque había llorado antes de nacer y tenía un don especial. Dormía en un saco, que se traía el mismo, tumbado en algún rincón que le dejaba alguna persona de buena voluntad, antiguamente se acogía a toda la gente, siempre había un techo bajo el que resguardarse, y algo de comer, algunos recuerdan que tenía por costumbre acostarse temprano y levantarse muy pronto para continuar camino. Pese a lo pintoresco que nos parezca, el oficio de saludador existió como tal, pero para acceder a él era necesario tener ciertos estigmas en el cuerpo como la rueda de Santa Catalina en la bóveda palatina o una cruz de Caravaca bajo la lengua, cuya veracidad ratificaban en una época los representantes de la Santa Inquisición o el obispo de la ciudad en cuestión, si era un saludador auténtico se le otorgaba un permiso escrito para ejercer sus curaciones. Su poder residía en la saliva, el aliento o la imposición de manos. Únicamente existieron en España y las colonias conquistadas. Se decía que el don divino les era concedido por las especiales condiciones del nacimiento como haber nacido en viernes (si era viernes santo, mucho mejor), o el día de Navidad; ser séptimo hijo varón de un matrimonio cuyos primeros seis hijos hubieran sido también varones; haber llorado en el vientre de la madre o nacer con el "mantillo" (la bolsa amniótica que normalmente es expulsada algo después del bebé). En algunas ocasiones se transmitió a través de generaciones, ya que llegaron a conocerse abuelo, padre e hijo ejerciendo esa profesión. En Vizcaya y Galicia se creía también que las séptimas hijas podían ser saludadoras o brujas. Con la colaboración de Tere, Paquita y Milagros.
La Boda de los de Riera Marsa En la actualidad los novios buscan lugares pintorescos para celebrar sus bodas de un modo original, pero esta anécdota sucedió a principios de los años setenta, en esta época no había costumbre aún, y la mayoría de la gente del pueblo organizaba su casamiento en Ávila para tener más a mano el lugar del convite, por ese motivo, y por la masiva emigración a las capitales por entonces, no eran habituales las bodas en la iglesia de Cepeda. En este contexto, una pareja de catalanes, descendientes de los empresarios de “Riera Marsa”(nombre por el que se les recuerda), después de leer el libro de su paisano Pere Corominas “Por Castilla Adentro” de 1930, decidieron celebrar su enlace rural en esta localidad abulense. El libro en cuestión, no había sentado nada bien en el pueblo cuando se conoció su contenido. El escritor estuvo pasando una temporada vacacional y las impresiones que se llevó de sus vivencias, y trasladó a su prosa, no fueron del todo compartidas por el sentir cepedano por mostrar mucha ingratitud criticando abiertamente a los habitantes, pero no le vamos a dar más publicidad de la necesaria. Montse y Ramón se pusieron en contacto con D. Justo, el cura de entonces, que agradecido por su elección, y partidario de dejar el pabellón cepedano en lo más alto, les facilitó los trámites del enlace. Ese día el pueblo en general se comportó dignamente con los contrayentes, acogiéndoles con educación. Las mozas les adornaron la iglesia para que luciera al máximo ese día y cantaron con toda su potencia de voz, luego en el Centro sirvieron un convite para todo el que quise asistir y acudieron casi todos los cepedanos a felicitarles, obsequiándoles con el típico roscón. Ellos correspondieron a su vez al calor recibido invitando a algunas Autoridades del pueblo y al coro al convite en el Parador de Gredos, . todos los asistentes volvieron muy contentos por el trato recibido con su simpatía y lo atentos que fueron en su comportamiento. Hubo, no obstante, un grupito que pretendía reventar la visita colocando un carro en la carretera para cortar el paso a la comitiva, probablemente por la desconfianza generada por el anterior señorito catalán que no les había hecho justicia. Al final, como no podía ser de otro modo, se impuso la tesis de los más civilizados: demostrarles que Cepeda no era el pueblo paleto e inculto que el escritor reflejaba en su libro. La boda supuso un acontecimiento importante para el pueblo, que de alguna manera compensó de los supuestos agravios “catalanes” del libro, a pesar de esa minoría partidaria del sabotaje. En Cepeda esta boda fue todo un acontecimiento, la Iglesia y el Centro se vistieron con sus mejores galas, fue un día festivo, y los niños disfrutaron mucho con la novedad, ya que ese día no hubo escuela. Fueron unos esponsales poco convencionales, los novios iban vestidos en plan hippi, con los típicos "bambos" de la época. Pasados los años, podrían definirse como la típica pareja progre catalana que quiso celebrar su boda de forma diferente y consiguió entrar a formar parte de las crónicas cepedanas.
Si ellos buscaban alguna semejanza o similitud con las descripciones del libro creemos que no las encontraron porque Cepeda a primeros de los setenta era un pueblo por lo menos igual de avanzado que el resto y acorde con los tiempos que corrían. En el año 2002 estuvieron juntos por Cepeda visitando la iglesia y el pueblo guardaban muy buenos recuerdos de su boda y del viaje que habían hecho. A través de los teléfonos que dejaron en esa ocasión hemos intentado ponernos en contacto con ellos antes de publicar esta historia y no ha sido posible. Sería muy bonito que si Montse puede leer estas letras nos mandara un correo a la asociación para localizarla, nos encantaría que nos contara como se decidieron a venir, cómo pasaron ese día, si nos vieron reflejados en el libro, cómo se comportó la gente, en el pueblo todavía les recordamos a ambos con cariño, al haber escogido compartir ese día entre nosotros han pasado a ser parte del pueblo y su historia.
El legendario coche de línea
Galería de Arte Virtual [volver arriba] Artistas relacionados con Cepeda, que ofrecen una visión diferente y enriquecedora de la realidad que nos rodea. Poco a poco se irán sumando en esta pequeña lista. Si pincháis en el nombre podréis ver sus obras. José María Martín [nuevos power-point] Jesús García Hernández Miguel Ángel Mories Moreno
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